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Se acabaron las vacaciones.
Semana tan larga y a la vez tan corta. Tantas cosas pasaron en tan pocos días que te queda la impresión de que fueron mucho más de 7. Estuve con mi familia, presencié muchos cambios y logros de Tristán (hoy se puso de pie al tratar de escalarme mientras estabamos en la cama viendo una película). Mucha comida, mucho dormir, muchas desveladas, muchas cervezas. Mucho avance a mi proyecto (ya Aline lo está usando, beta testers prepárense).
Un servidor de un cliente actualizado remotamente (ssh es la neta del planeta) de Debian sarge a Debian etch (Debian es la neta del universo) sin un solo problema.
Además intentamos vender los libros que no nos gustaban en las librerías de libros usados (un negocio maravilloso para los dueños de las librerías). Resumen: por los libros de computación nos daban máximo 50 pesos, por los demás libros nos dieron 100 pesos por 38 libros, en promedio 2.50 pesos por libro que seguramente van a vender en 50 pesos. Ahora a vender mis libros directamente para sacarles más dinero.
Comidas y cafés en Coyoacán; un fracasado intento de ver la exposición de Ashes & Snow. Una visita a Piccolo Mondo en Plaza Loreto (el de Santa Fé, aunque lejos como China, es mucho más bonito); nuevos muebles (nuestro primer mueble comprado y no regalado o prestado); redecoración de la casa para darle mayor espacio a Tristán (la casa se decora, amuebla y organiza en base a Tristán); ida al cine (Horton Hears a Who); películas en casa (Serenity, The Incredibles).
Bueno, es lo que me acuerdo.
Mañana (o más bien en unas horas) de nuevo a la chamba. A ver qué me tienen reservado.
¿De qué cosa entre más llenas una bolsa, menos pesa?
tic, tac.. tic, tac..
¿Se rinden?
¡Pues de agujeros!
Nuevamente, cortesía de Galo Molina
Lo confieso, soy un adicto. Mi adicción es crónica. Es más soy un caso perdido. Soy adicto al café.
Y ya que andamos con las confesiones, también soy adicto al chocolate. No al que se toma (al menos no tanto) sino al que se come y entre más amargo mejor.
No hay día que no tome una taza de café y no hay momento en que teniendo un chocolate a la vista no le hinque el diente.
El mejor café de la ciudad, hasta ahora, es el del Jarocho de Coyoacán, y el que está junto a la librería el Sótano es el mejor de todos.
Aquí en el trabajo no hay cafetera. Es más, no venden buen café en los alrededores y eso que estamos rodeados de cafecitos: Starbucks, Italian Coffe Co. y hasta unos Bisquets Bisquets de Obregón (aunque el café con leche que venden está bueno, sobre todo cuando hace frío y con una pieza de pan de acompañamiento).
Por otro lado está el factor monetario. Es muy caro comprar café todos los días.
Así que, para mi eterno castigo y tormento, tuve que comprar un frasco de Nescafé (NESCAFE, la herejía hecha café solubley empacada en un frasquito de 200 gr) y conformarme con tomarlo para satisfacer mi adicción. :(
Ni modo, todo sea por no robar para poder mantener mi vicio.
Eso sí, al llegar a la casa me desquito con un buen café del Jarocho recién hecho. Al menos hasta el día siguiente.
¿Qué cosa tiene ojos y no ve, tiene alas y no vuela, tiene pico y no pica, tiene patas y no anda?
¿ Se rinden?
¡Pues un pájaro muerto!
:D
Cortesía de Galo Molina
Si están en el trabajo, disimulen la risa lo mejor que puedan:
http://www.orsai.es/2005/04/cagar_leyendo_un_placer_rioplatense.php

